Redonda 2.
- 4 ene 2021
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Actualizado: 5 ene 2021
Hace una calor asfixiante que me tiene “contenta”. Prácticamente he dormido toda la noche en el suelo, imitando a mis pobres gatos, intentando sentir el fresco de mi panza contra las baldosas. La verdad es que no soy de llevar pantalones demasiado cortos, se me rozan las piernas y me salen rojeces, pero hoy ya no he podido más. Me he puesto unos shorts negros con unos dibujos geométricos blancos que alguien me dio hace un par de años y una camiseta de tirantes también de color negra. La tela del pantalón es veraniega y muy cómoda, nada que ver con esas otras que van acumulando gotas de sudor en la entrepierna y que te hacen preguntarte quién y por qué diseñó semejante sauna portátil.
Esto que puede ser insignificante, la elección de ropa y, más en concreto, de ropa para el verano, ha sido un suplicio buena parte de mi vida. Porque ser yo en un mundo diseñado para que las mujeres ocupemos poco espacio es habitar la disidencia, infringir la norma, errar constantemente. No quiero pensar en mi misma como una víctima, solo intento reflejar qué opina buena parte de la sociedad respecto a los cuerpos gordos y cómo éstos deben adaptarse al mundo.
Ser yo también significa que mi madre puede hacer comentarios en cualquier momento sobre mi rechoncho cuerpo. Menos mal que la quiero porque tengo motivos para que afecte a mi autoestima de manera catastrófica. Podría cabrearme casi a diario con ella. Mientras cojo el metro para ir a visitarla, me mentalizo sobre que algo me va a decir. No tengo ganas de discutir, bastante es salir a la calle con este sol de justicia. Habitualmente no me corto con las respuestas y me acabo apasionando en nuestras discusiones, pero creo sinceramente que hoy no es el día. Me viene a la imagen mi panza contra el suelo. Las consecuencias de una noche terrorífica me quitan las ganas de cualquier guerra materno-filial.
Voy secándome el sudor con un pañuelo y bebiendo pequeños sorbos de una botella de agua. Parece que sudo discretamente pero la realidad es que soy una fuente, tal vez una fuente pequeña y poco ruidosa, pero una fuente al fin y al cabo. Me suelen caer hilillos desde el cogote y la espalda que noto precipitarse despacito pero con buena letra sobre mi piel. Podría ir con una toalla en el bolso y la verdad es que haría su papel. Al menos en casa de mi madre hay aire acondicionado, motivo más que suficiente para permanecer un buen rato en su salón, espatarrada, sintiendo los chorros generosos de aire corriendo entre mis carnes magras.
Mi madre me abre con desgana. Lo puedo notar en el tono de su voz a través del telefonillo. Es como si expresara que la he molestado haciendo que camine por el largo pasillo de su piso. Ese “¿quién?” seco, áspero, como este calor pegajoso que una no se quita de encima, refleja el poco gusto de mi madre hacia la muestra de los afectos.
Me instalo en su salón- ¡gloria bendita que da sentido a mi viaje y a todo mi día de hoy!- tras coger de la nevera una botella de agua fría y servirme. Le pregunto “¿qué tal va?” y responde “pues como siempre”. Está viendo un programa de cotilleo. Intento entablar algún tipo de breve conversación sobre las noticias que en él aparecen: “¿Vistes Ayer Tarántulas Negras? Hablaron del cantante Eusebio Milán, creo que no es verdad lo de su boda secreta” pero se resiste al diálogo que le propongo, así que comento tonterías sobre el tiempo y la ola de calor. “¿Qué quieres? Es verano”, se apura a señalarme. Percibo sus ojos en mi cogote maquinando a saber qué. Soy consciente que tiene ganas de decirme algo sobre mi atuendo o mi cuerpo, así que se lo pongo fácil; me levanto y me paseo varias veces yendo y viniendo hacia el bolso que he colgado en una silla, para mirar y remirar mi móvil. Nos conocemos tanto que somos tremendamente predecibles la una para la otra.
- ¡Menudo pantalón más corto! A las mujeres como tú les sientan mejor los pantalones más largos. Vas muy despechugada.
- Ya lo sé mamá. Tengo calor- es inútil explicarle que eso “de las mujeres como yo” es una tontería y que “ir despechugada” no es ningún crimen, así que prefiero cortar por lo sano.
- Pero has ido por ahí con esa ropa, pudiendo ir más bonita. Hay ropa fresquita que tapa más. Tienes los muslos muy gordos y un escote excesivo. Hay que ser más elegante y saber que se debe poner una para salir a la calle.
Mi madre conoce un millón de mandamientos machistas y misóginos que empiezan por “las mujeres deben”. Para ella el vestir correcta es una muestra importante de saber estar, de hacerse respetar y de seriedad. Según sus códigos, la vestimenta dice mucho de una misma. Hay un sinfín de prendas que están vetadas para las gordas, pero también para las delgadas, al considerarlas faltas de elegancia y un llamamiento al libertinaje.
Pienso que es momento de servirme un poco de granizado de limón. Un trozo de hielo me congela la boca y el cerebro pudiendo sentir casi el quemazón. Esta sensación me ayuda a olvidarme de los comentarios de mi madre, quién ahora comienza a hablar de la factura de la luz y el gasto que supone el aire acondicionado. Intuyo que dentro de poco lo apagará. Y yo volveré a mi casa, porque ya no tendré nada más con lo que refrescarme.





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