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Redonda 4.

  • 4 ene 2021
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 5 ene 2021

Le ha dicho que se verán pronto. Y la realidad es que por una parte le gustaría verla pero tiene dudas. ¿Qué hace un chico cómo él con una chica cómo ella? El mundo es duro para los hombres... ¡Pero es que ella debe enterarse de la realidad aunque sea cruel! ¿Qué es eso de ir caminando alegremente por el mundo sin reparar en sus errores? Porque todo esto sería diferente si simplemente pesase 10 o 15 kilos menos. ¿Por qué se ha dejado así? ¿Por qué no se ha cuidado cómo hacen todas esas otras chicas con las que él ha estado?


Se han conocido por una aplicación móvil de citas. Desde el inicio ella ha sido muy clara, rematadamente clara (incluso cuando no tenía porque). En su descripción se puede leer: “soy gorda”. Él cree que exagera. Las mujeres suelen llamarse así mismas gordas aunque sean como el palo de una escoba. Comienzan a hablar y aunque está preocupado por el tamaño de la muchacha, lo cierto es que es muy agradable y, al menos en las fotos, tiene una cara bonita. ¡Ojalá se pusiese a dieta! ¡Y perdiese peso en un mes! ¡Ya no habría problema!


Cuando ella le dice de tomar unas cervezas, él tarda en responder un par de días. “¿Quedo o no con ella?”, “¿le digo abiertamente que no me gustan las gordas?”, “¿le digo que mejor quedamos pero sin expectativas sexuales ni románticas?”, “¿me callo y dejo de ser tan capullo?”. “Bueno, quedo, hecho unos cuantos tragos y vuelvo a casa. Total, tampoco tengo nada mejor que hacer hoy”, decide finalmente. Así que responde y concretan su primera cita en un pub con música rock y una decoración underground de local londinense.


Ana es puntual y enseguida toma la iniciativa, saluda la primera y no parece nada nerviosa. Ana es morena, con el pelo a media melena, lleva unas gafas negras de pasta. Viste un vestido largo de tirantes con estampado de acuarela y un cinturón. El resto del conjunto lo complementan unos pendientes de aro grandes, unas sandalias de tiras, unas cuantas pulseras y un bolso que en realidad es un saco de tela con una eslogan reivindicativo. Su estética podría ser definida como alternativa, casual, informal, hippy o algo similar. Aunque ya tiene 39 años, tiene la cara redonda y bastante jovial, una gran sonrisa, labios carnosos y unos grandes ojos marrones. Es fácil fijarse en ella nada más te la cruzas. También es gorda. Su cuerpo dibuja una generosa ese con todas sus curvas. Sus dos brazos cuelgan a los lados como dos nubes de golosinas. Todo esto inquieta a Carlos. Él es alto y delgado. Aunque su cuerpo no es el típico cuerpo tableta de gimnasio tampoco es un tirillas. Un chico normal con un cuerpo bastante bien, podría decir de sí mismo. No le pierde el deporte hasta límites insospechados pero sale tres o cuatro veces a la semana a correr y alguna vez planifica una ruta por el monte con sus amistades. Carlos imagina que Ana no hace deporte.


Ana no parece una mujer acomplejada más bien proyecta seguridad en sí misma. Tiene una conversación interesante y es bastante ocurrente. Carlos se divierte con ella durante la velada. Le sorprende como se reconoce gorda sin vivirlo como un insulto. Han jugado a los dardos y al billar. Por suerte para ambos, el resultado ha estado muy repartido. Ana es buena en lo primero y Carlos en lo segundo, los dos han tenido su momento de gloria. Carlos se deja llevar en varios momentos acercándose a ella. Se siente bien en un ambiente cálido y despreocupado. A veces la mira caminar y le parece bonita, al menos a su estilo. Un brindis por aquí, un golpecito en el hombro por acá, un te toco la cintura con la excusa de que me levanto a pedir (y a pesar de que hay espacio de sobra para no rozarse…). Lo cierto es que Carlos lo está pasando bien. Lo cierto es que Ana lo está pasando bien.


Tras discutir coqueteando como un par de adolescentes sobre sus gustos musicales- "buh, eso es una basura", "¿pero qué dices? ¡cómo te puede gustar ese cantante!", "¡jamás iría a ese concierto!"-, Ana se extiende para coger su bolso situado al lado de Carlos por lo que aprovecha y pasa muy próxima a él. Ana y Carlos sonríen sintiendo el calor y se besan. Es difícil saber quién ha empezado porque se veía venir. El camarero lo lleva viendo venir desde hace horas. El borracho apoyado en el billar lo está viendo venir desde que ha comenzado a tener hipo. La joven pareja sentada en la mesa más próxima lo veían venir desde que entraron al local. Ana solo piensa en que está excitada y se deja sentir. Carlos sabe que se siente excitado pero a ratos piensa que Ana está gorda.


Ana sigue mostrando iniciativa también en lo sexual y le propone ir a su casa. José, un amigo de Carlos, le dirá después que las gordas no pierden el tiempo porque follan poco y deben aprovechar. Él esbozará una risa creyendo que el comentario es cruel y a la vez realista. Aunque Ana sea una tía estupenda no debe tener muchas oportunidades de follar. Todo el mundo sabe que muchas gordas follan porque los hombres están siempre desesperados.


Ana es ardiente. Le confronta ver un cuerpo gordo sin ropa. En parte le hacen gracia esos michelines moviéndose rítmicamente sobre su cuerpo. Él, que solo ha visto barrigas planas y pequeñas estrías en las caderas. Cuando se olvida de todo, Ana le parece irresistible. No solo sabe lo que quiere, sino que se comunica con él y no reduce el sexo a dos o tres prácticas mecánicamente aprendidas. Su cuerpo podría ser bonito si no tuviera este peso. La piel es suave y la barriga tiene una forma un tanto encantadora y aunque le cuelguen los pechos, le parecen espectaculares.


“¡No quiero boda, no te asustes!”, dice Ana riéndose cuando aparece “el tema”: ¿qué esperas de las citas por la aplicación móvil? “Me parece bien si encuentro un rollo de una noche, o de dos noches o de las noches que sean, un amigo o una pareja”, comenta ella. Carlos se apura en aclarar que no sabe si quiere una relación estable (a pesar de que en otros momentos ha reconocido que sí que la desearía). Carlos no quiere dar esperanzas a una gorda así que desestima dormir con ella usando una excusa barata. Se marcha del piso dándole vueltas a la cabeza a lo sucedido. Antes de irse Ana le dice que lo ha pasado bien y que le gustaría volver a verle. Carlos responde que se verán pronto.


“¿Qué tal con la gorda?”, es el primer mensaje que uno de sus amigos escribe a la mañana siguiente en el grupo de whatssap “Machunos orgullosos”. Carlos se ríe al leerlo. “¡Menudo gilipollas!”, dice en voz alta. Siente una mezcla de ideas y emociones que le cuesta entender y que por supuesto no va a intentar explicarle a ningún amigo. Ana es fantástica en muchos sentidos, no quiere que se burlen de ella, ni hacerla sufrir, pero de otra parte es gorda, los chistes con gordas son normales y bueno, ella sabrá encajar este tipo de cosas, estará acostumbrada.


Durante varios días Carlos no escribe a Ana, hasta que ella le pregunta “¿cómo estás?” por whatssap. Carlos coge el móvil. Escribe un mensaje. Lo borra. Escribe otro mensaje. Lo borra. “Esto es demasiado ofensivo”, “¿en serio voy a dejar de quedar con ella? sí, es lo mejor”, “Carlos eres un imbécil”, “Carlos haces bien, que sepa que no puedes estar con alguien como ella”, "¿pero y sí…?”. Borra otra vez. Tras varios minutos, escribe y envía;


“Hola Ana, todo va bien. Espero qué tú también estés bien. He estado dándole vueltas al asunto. Eres estupenda. Pero no sé si eres mi tipo... Nunca he estado con una chica como tú. Tengo dudas”. 10 Por un buen rato no hay ni rastro de Ana, ni tan solo le aparece el aviso de "escribiendo".


Carlos está nervioso pensando con qué tono va a responder Ana. Pero ella no piensa suplicar, ni hacer despliegue de un romanticismo barato donde la mujer salva al hombre de una mentalidad inmadura;


“Carlos ya sé que soy gorda. Yo lo acepto de sobra. Me lo pasé muy bien contigo. Si estás dispuesto a no reírte de las personas gordas, ni a comentar si tengo o no tengo el culo gordo con tus amistades, ni a ocultarme, igual te puedes plantear que sigamos quedando. Si tu mundo es ese y no lo quieres cambiar, es mejor no seguir hablando”.


A partir de aquí Carlos la marea durante varias semanas pero Ana está a otras cosas. Porque a los 39 años Ana, con todos sus kilos, estrías y papada, es más libre de lo que jamás lo será Carlos.



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EstriadaFatActivism

Feminista. Roja. Rara. Bocazas. Solitaria. Mediocre. Gorda. Clase curranta. Senyora.

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Ni la más guapa. Ni la más lista. Pero tengo un puntito. Un puntito de brujilla.

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